Qué difícil empezar un relato sobre las mujeres siendo hombre, sobre todo cuando éste apunta a construir las nuevas miradas sobre la condición femenina. Siendo yo varón, me resulta paradójico o contradictorio estar escribiendo este prólogo. Pero a la vez es parte del espíritu de este trabajo. Cuando nos propusimos armar miradas sobre la cuestión de género sabíamos que era un terreno complejo. De hecho, una vez que elaboramos el temario el resultado no fue el esperado para con la propuesta inicial. Quisimos abordar a la mujer desde todas sus facetas. Muchas de ellas no se condecían con el espíritu militante necesario para las reivindicaciones de género. Por eso viramos a una mirada sobre la femeneidad, que no es lo mismo. Nos resultó menos reivindicatoria pero a la vez más sincera y más compleja. En todo caso, resignamos cierta cosa más luchadora por diferentes construcciones que asumieran a la mujer en su complejidad. En sus necesidades, en sus reivindicaciones, pero también en sus debilidades, en sus miedos. Mujeres de carne y hueso. Mujeres que sufren, que se enojan, que se frustran, pero a la vez que siguen dando pelea, que se ríen, que empujan el terreno de lo posible todos los días un poco más.

 

Un desafío claro se iba a dar en el trabajo de los grupos, porque los mismos eran mixtos en sus integrantes. El interrogante de cómo se zanjarían las diferencias de criterio nos resultaba un tema ríspido. ¿Serían las mujeres quienes se arrogarían el derecho de la última palabra? ¿Los hombres propondrían una mirada externa en los problemas que sólo los rozaban? El devenir del trabajo nos mostró que esas fronteras eran parte de una imaginación pesimista. El trabajo debía darse en un contexto real, en un mundo donde convivmos ambos géneros. E interrelacionar las miradas, internas y externas fue una experiencia gratificante. Porque debíamos superar la experiencia del feminismo primario, que en su abrir caminos lo hizo a pleno, con sus excesos y sus conquistas. Pero a la vez el mundo hoy es más sofisticado, más complejo. Las trampas, también. En un paradigma donde el hombre lleva la posición dominante es difícil no dar pasos en falso. Pero a la vez, construir verdades no tan cómodas. Transitar la mirada de la mujer asumiendo que sus tiempos, su sexualidad y su personalidad es más compleja y sofisticada que el hombre, que es lineal y simple no es tan fácil. Porque esa complejidad implica otras situaciones, más difíciles, más complicadas. O que el matriarcado moderno, con una mujer plena que no sólo cría a sus hijos sino que sale a la calle a sostener a su familia no construye un rol no exento de soberbia.

 

Este trabajo tiene una concepción y desarrollo humilde. Hacer un pequeño aporte a la construcción identitaria de la mujer en el Siglo XXI. No se propone más reivindicaciones que sostener miradas nuevas, innovadoras (y por lo tanto, en algunos casos equívocas) y que aporten a la reflexión general, de hombres y mujeres sobre su verdadero lugar en el mundo.

 

Pablo Salomone